Es decir, de los nombres.
Si hay algo que nos identifica como personas es el nombre y ese es el objetivo de que todos tengamos uno: favorecer nuestra individualidad frentea otros.
La necesidad de nombrar a cada persona con un vocablo determinado, ha sido un constante en todos los pueblos y todas las épocas. Algunos estudiosos indican que esta necesidad es tan primitiva como el uso del lenguaje.
LUCES GIL, Francisco. El nombre civil de las personas naturales en el Ordenamiento jurídico español. Barcelona: Bosch, 1978, pág. 21
El nombre debió usarse desde tiempos prehistóricos, pero hasta la llegada de la escritura no tenemos constancia de su uso.
El primer nombre conocido procede de Sumer: se trata de KUSHIM, y está datada en torno a la segunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo (otros indican más específicamente el siglo XXXIII a.C.). Aunque hay dudas si esta primera mención era un nombre o un cargo.
Más datos en Ancient Origins.
Imagen tomada de: Resolviendo la incógnita, donde podéis encontrar más datos al respecto sobre este primer nombre y su forma escrita en una tablilla de arcilla.
Orígenes para los nombres.
Pero ¿cómo se nombra a alguien?, ¿Cuáles son la razones para escoger un nombre que identifique al individuo? (1) Lógicamente las primera menciones a los individuos debieron tener que ver con su aspecto físico u otras condiciones que les individualizaran.
Famoso es el caso del nombre Agrippa, que según Plinio significaba «nacido con dificultad», «con los pies por delante»; o el de los Craso, que evidenciaba la gordura del primero llamado asi; o Plauto, «el de los pies planos». De origen griego es el nombre Estrabón, «bizco».
Otro forma sería el nombrar a los hijos según su orden de nacimiento. Así por ejemplo entre los nombres romanos (praenomes) más frecuentes encontramos a Decimus, Sextus, o Tertius. Otro día hablaré de la famosa Tría Nomina romana, es decir de la forma que nombraba a sus individuos esta civilización).
Pero no sólo los romanos utilizaban esta costumbre, un estudio sobre onomástica en el norte de la hispania romana, evidencia que los nombres indígenas también usaban de esta misma práctica social.
Hoy puede ser difícil de entender que se usaran los numerales para distinguir a los hijos, pero tenemos que comprender sociedades con un altísimo grado de mortalidad infantil, y una mucho menor importancia de la infancia, tal y como la entendemos hoy. Además con el tiempo los nombres no necesariamente indicaban el orden de nacimiento. De hecho, en español, todavía subsisten nombres como Sexto, y Octavio, sin que sus portadores sean necesariamente el sexto y el octavo hijo.
Cuando en octubre de 2005 nació la hija primogénita de los entonces príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, y éstos declararon a la prensa que pensaban bautizarla con el nombre de Leonor, los diarios , redes y blogs se llenaron de historias para contarnos el origen del nombre. No era otro que intentar diferenciar a dos princesas llamadas igual, la primera sería Enor, y la siguiente «alia Enor», es decir la otra Enor.
Parecieron los modernos cronistas de la prensa rosa descubrir lo que ya sabían las crónicas del siglo XII.
Con la caída del Imperio Romano, las referencias familiares (que insisto, usaba el sistema de nominación romano, Tría Nomina) fueron abandonadas, y de nuevo se volvió al auge de los nombres individuales, básicamente por dos razones:
- la primera es que entre los pueblos germánicos no se llegó a generalizar el sistema de nombre y apellido;
- la segunda es el auge del cristianismo, una religión, donde el bautismo es fundamental, y por tanto la imposición de un nombre que individualice a la persona.
Por supuesto las razones para nominar a alguien de una manera u otra dependían como hoy de muchas circunstancias.
¿Cómo se elegía el nombre en época moderna (siglos XV-XVIII)?
a) Los santos. Imitación y ejemplo.
La expansión y generalización del catolicismo procuró el origen devocional del nombre, de forma que una de las razones para llevarlo, era el de tener un santo o santa protector/a, que además fuese un ejemplo de vida. La costumbre se convirtió en norma en el Concilio de Trento (1545-1563).
En la Edad Moderna se publicaron muchos libros que escribían la vida de los santos, para servir de inspiración. Seguramente el más famoso sea el «Flos Sanctorum» (a la derecha), con numerosas ediciones y revisiones en varios idiomas.
Los no letrados podían escuchar los sermones de los eclesiásticos que arengaban a la imitación, especialmente en los días de las fiestas patronales, donde se ofrecía un panegírico de su vida y milagros.
En muchos casos la elección del nombre recayó en el sacerdote o cura que impartía el bautismo, de forma que usaba el Santoral, para elegir la denominación del recién nacido. Por eso en ocasiones la voluntad de los padres no aparece de manera clara.
Muchas personas mayores me han contado que cuando no se tenía la «limosna» suficiente, para poder sufragar el bautismo, los curas aprovechaban e imponían el nombre que les parecía mejor. Ignoro si esto mismo sucedía en época moderna, pero es muy probable, dado el importante número de párvulos en cuyo bautismo se anota al margen «gratis» o «pobre» y en los que no parece haber otra razón para el nombre impuesto que el azar, la festividad del día, o la voluntad del párroco.
Las órdenes religiosas también competían entre ellas y lógicamente si un fraile ejercía el sacramento del bautismo buscaba un nombre dentro del repertorio de los santos de la casa. Así los franciscanos pereferían los nombres de Francisco, Clara o Inés; mientras que los jesuítas hacían lo propio con Ignacio, Francisco de Borja, etc.
El sacramento del bautismo se impartia segun las normas del Concilio de Trento que luego se fueron adaptando mediante Sínodos en casa diócesis, de forma que cada una de ellas fue publicando las constituciones sinodales con la normativa específica.
Pero se tenía sobre todo en cuenta el llamado «Ritual Romano», un libro con los ritos de la Iglesia Católica publicado por primera vez en 1614 y aunque reformado, vigente hasta el Concilio Vaticano II.
Y efectivamente, según estas normas, el derecho de escoger un nombre o varios para un hijo pertenecía a los padres (o a sus sustitutos), a los padrinos, y en su defecto al «ministro» del bautismo.
b) Nombres familiares. Herencia y patrimonio.
Otra razón, muy importante, desde época medieval hasta nuestros dias, ha sido imponer al recién nacido el nombre de un familiar cercano, o lejano.
El caso más conocido (y todavía muy usado), es el de registrar al primogénito con el nombre del abuelo paterno, una regla que en la Edad Moderna tuvo porcentajes muy altos. Las razones son claras: de esta forma se hace hincapié en el grupo familiar y se cohesiona mediante el uso de un nombre del clan. Los primos llevarán el mismo nombre (el del abuelo), y probablemente lo transmitan a su vez a los descendientes.
El cuadro de arriba puede ayudar a entender mejor este proceso. Se trata del caso de la descendencia del matrimonio formado por Francisco de Martos, y Ana López, repobladores de la localidad granadina de La Zubia llegados desde Jaén. El padre tiene este nombre, pero viene con un hijo llamado igual. Para distinguirlos se adjetivan como “el viejo” y “el mozo”. Tres de los nietos del primer poblador llevan su mismo nombre y apellidos, posteriormente los llevan dos bisnietos (ahora uno llamado Francisco de Montes y otro Francisco de Martos), y hasta cinco tataranietos.
En muchos casos los nombres se «heredan» buscando en el patrimonio familiar: es decir se perpetúan no sólo los nombres de los abuelos, sino también de tíos u otros parientes. Lógico es el del sobrino que recibe el nombre de un tío soltero al que podrá heredar. Pero hay tantos casos y tipologias como familias podamos encontrar.
Otras reglas que se solían respectar con cierta frecuencia fueron.
- la nieta mayor coincidiría en nombre con su abuela paterna,
- el hijo segundo llevaría el nombre del abuelo materno
- la hija segunda puede portar el nombre de la abuela materna
c) Modas, ayer y hoy.
Hoy al igual que ayer, los padres podían elegir el nombre de sus hijos también según modas. Los que todavía recuerden la famosa lista de los reyes godos, encontraban nombres tan arcaicos como extraños a nuestra época, aunque algunos no lo son tanto: así Recaredo, no es más que nuestro moderno Ricardo. Nombres como Urraca, de honda raigambre medieval, pueden hoy parecer feos, pero en su momento fueron muy populares. Igual ocurre con los más modernos de Mayor, Leonor, o Úrsula.
Famosos son los casos de la realeza, donde un nuevo nombre nombre se impone y luego se va extendiendo a capas de la nobleza, y finalmente a todo el ámbito social. Un ejemplo: en la Castilla del siglo XV Felipe era un nombre poco usado; pero la boda de la hija primogénita de los Reyes Católicos, Juana (mas conocida como Juana la Loca) en 1496 con el archiduque de Austria Felipe (el Hermoso), hizo que el nombre dejara de ser tan extraño. Su nieto Felipe II, su bisnieto Felipe III y su tataranieto Felipe IV hicieron que el nombre se generalizara.
De igual manera en el siglo XVII, la fiebre de los libros de caballerías hizo que aparecieran nombres como Tristán, Arturo o Leonís entre los varones y Ginebra o Isolda entre las mujeres. Entre mis propios antepasados cuento a una María Merlín. Hay incluso estudios sobre el ciclo de Amadís de Gaula y su relación con la antroponimia.
LA NORMATIVA.
Antes de la llegada del registro civil en 1870 no había normas relativas a la forma de nominar a una persona, lo que en la práctica podría haber implicado que los progenitores tenían total libertad para imponer el nombre a sus hijos. La práctica distaba mucho de ello, porque la imposición del nombre sólo se registraba en el acta de bautismo. Y como ya se ha visto este sacramento estaba muy reglamentado, desde Trento.
Las primeras normas jurídicas civiles relativas al uso de nombre y apellidos fueron muy tardías, y no llegaron hasta el siglo XIX. Concretamente se trata de la Ley Provisional de Registro Civil de 2 de julio de 1870, y su reglamento de desarrollo, de 13 de diciembre de 1870.
No era el primer intento de establecer un registro civil, porque ya un Real Decreto de la Reina Gobernadora, de 3 de febrero de 1823, con una instrucción para el gobierno económico-político de los ayuntamientos establecía en su articulado este registro (a la derecha). Pero las autoridades pronto se dieron cuenta de la falta de cumplimiento de la norma, y se estableció por un decreto del ministerio de la gobernación de 23 de enero de 1841 (publicado en La Gaceta de 2 de enero) el llamado «Pre-Registro Civil», que tampoco fue creado en muchas localidades.
Estos primeros intentos (los de 1823 y 1841) no fijaban ni establecían detalles algunos sobre el nombre del recién inscrito. La primera norma sí que fijaba algunos detalles al respecto.
Algunos autores han definido estas normas como una simple secularización del registro parroquial, y su efectividad no fue generalizada, hasta la creación del verdadero Registro Civil en 1870.
El art. 34.3 del reglamento de 1870 indicaba: “cuando el recién nacido no tuviere ya nombre puesto, el declarante que hiciere su presentación manifestará cual se le ha de poner; pero el encargado del Registro no consentirá que se impongan nombres
extravagantes ó impropios de personas, ni que se conviertan en nombres los
apellidos”.
En realidad se repetía la norma del Ritual Romano que decía que el párroco debía evitar que se le impusiera al bautizando «un nombre o nombres obscenos, fabulosos, ridículos, mitológicos o nombres de personas impías o famosas en la gentilidad. Y, al contrario procurará que se le impongan nombres crstianos para que tenga modelos y ejemplos que imitar, y sea protegido con celestial patrocinio, Mas si los padres o padrinos se empeñaran en imponerle un nombre ajeno a la tradición cristiana, añadirá al dado por aquéllos el nombre de algún Santo y consignará ambos en el Libro Registro de bautizados» (Tít. II, c. 1, núm. 54)
De este modo, y según la legislación vigente, desde 1870, se imponían pocas limitaciones a la nominación.
Las limitaciones vendrían de la mano de la nueva legislación, la Ley de Registro Civil de 1957, que recogían antiguas órdenes de 18 de mayo de 1938 y de 9 de febrero de 1939, por las que se establecieron restricciones de orden político y religioso:
- los nombre no podían ser más de dos simples o uno compuesto
- debían ser nombres del santoral católico, y
- siempre en castellano.
A pesar de su antigüedad, y de sufrir diversas modificaciones, hasta el 2011, no se promulgó la actual Ley de Registro Civil, que lamentablemente se encuentra todavía en período de vacatio legis hasta 2020), por lo que todavía seguimos bajo el régimen de la antigua ley de 1957.
No obstante, y pese a lo interesante del tema, esta normativa se aleja de los objetivos de este blog, centrado en Época Moderna, por lo que dejo para otras ocasiones el comentario de aspectos sustantivos de las mismas.
Nombre y memoria.
Desde el punto de vista de la memoria, especialmente individual y familiar, el nombre no deja de ser un ancla al pasado, ya que muchas veces sólo se recuerda el nombre y no el apellido de nuestros abuelos o bisabuelos.
La costumbre el sureste español de llamar a los abuelos con el nombre de Papa o Papica, como el caso de mis tatarabuelos «Papa Ricardo«, o «Mama Patrocinio«, desdibujó en muchos casos la transmisión de sus nombres completos (nombres y apellidos). Para sus nietos y bisnietos se llamaron siempre así, así les nombraron y así han transmitido el nombre a las generaciones venideras.
En otras ocasiones el nombre se asociaba a una historia familiar, que recorre las generaciones. Es el caso de mi bisabuelo Simón, el último de los hermanos, para quien sus padres no tuvieron suficiente dinero para el bautizo, y el cura impuso el nombre que quiso, ajeno al acervo familiar, y que sólo una nieta nacida ese mismo día y un bisnieto han perpetuado (tan extraño pareció siempre).
En otras ocasiones ha sido la combinación de varios nombres, de curiosa cacofonía, lo que han transmitido nuestros mayores. Así mi madre, nos han repetido machaconamente como su tío fue bautizado como Bienvenido Santiago Ricardo Ulpiano, de forma que sus hijos conocemos perfectamente esta circunstancia, que lógicamente obedecía a un porqué:
- Bienvenido, fue el escogido por sus padres, que ya no esperaban ningún hijo más. Nació ocho años después del anterior, cuando su padre contaba 62 años y su madre 45.
- Santiago, porque nació el día 25 de julio, celebración del apóstol, patrón protector de España.
- Ricardo, fue el nombre de abuelo materno.
- Ulpiano, es el nombre de un primo hermano de la madre del niño, el jesuita Ulpiano López Pérez, que llegaría a ser un importante sacerdote, y que probablemente interviniera en el bautizo.
Sea como fuere, la memoria, la onomástica y la genealogía son disciplinas íntimamente relacionadas. Por eso seguiré indagando en el tema de los nombres (los nuestros y los de nuestros antepasados) en próximas entradas del blog.