Las fotografías deterioradas.

Durante años lamenté que mi abuela paterna no hubiese conservado más fotos familiares. Siempre había vivido entre La Zubia y Granada, una ciudad donde la fotografía estaba bien asentada. Era el contrapunto de mi familia materna, oriunda de la Alpujarra donde era mucho más dificil encontrar fotografías, por el aislamiento de aquella comarca.

          Mi abuela Mercedes, procedía de una familia de labradores, y aunque no eran potentados, era fácil que se hubiesen retratado, teniendo como tenía Granada, muchos estudios de fotografías. Parecía más lógico. Tampoco conservaba objetos físicos del pasado.

          Según mi madre, su nuera, su carácter desordenado era el origen del problema.  Ciertamente eso cuadraba bien con su casa donde una cierta desorganización poblaba los armarios y estanterías.

          Cuando preguntaba a mi abuela por estas «ausencias» siempre me respondía que se perdieron muchas cosas en las sucesivas mudanzas. Y en parte era verdad, pero sólo en parte. Realmente mi abuela no conservaba demasiados enseres ni objetos de otras épocas. Y no es que fuese itinerante, pero sí es verdad que conoció muchas casas y muchas moradas.

          Todavía me cuesta trabajo conocer exactamente su ciclo vital asociado a las viviendas que habitó.

          Porque fueron muchas. Comenzando con la primera casa, en la que nació, hoy ya desaparecida, en la calle del Deme de La Zubia (creo que hoy correspondería a la calle Tablón aunque no tengo certeza).

Algunas casas antiguas en la calle Tablón de La Zubia. Foto: Google Street View

          Yo sólo pude a conocer las dos últimas moradas, la penúltima en la calle Doctor Olóriz (donde de pequeño me encerré involuntariamente), recuerdo que apenas distingo en las brumas de mi memoria; pero que mi abuela y mi madre se empeñaban en recordarme de forma angustiada. Y la última que habitó en las llamadas casillas azules junto a Alhamar. El nombre procedía de su color azulado cuando se construyeron por la Obra Nacional.

Las casillas azules recién construidas.Fotto tomada de. https://www.pinterest.es/pin/396035360976737267/

          También vivió un período en la adolescencia y primera juventud en Ceuta, junto a su hermana mayor Magdalena y su cuñado, José Navarro Polo, un aventurero que se casó por poderes desde Argentina.

      Allí estuvieron al cuidado de las propiedades del empresario Bonifacio López Pastur, que tenía en la ciudad africana un comercio para accesorios de automóviles.

     Mi abuela recordaba con mucha añoranza la época vivida allí y nos contaba con orgullo como había aprendido muchas palabras en árabe y cómo sabía contar en esa lengua.

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        Y, por supuesto, el casa del Barrichuelo donde pasó su primera juventud y donde vivió sus momentos más felices tras su matrimonio, junto a la acequia y un algibe.  La misma casa que compartió, ya viuda junto a otras dos viudas, su madre, y su hermana Magdalena. Allí nacieron y se criaron sus dos hijos; hasta que tras la muerte de su hijo menor en 1951 decidió alejarse del pueblo donde tanto había sufrido.

Años después, en junio de 2019, su hijo visitaba la antigua casa familiar, y recordaba con una vecina aquellos tiempos. Sólo un fragmento del vídeo, explicando cual era la casa familiar.

          Igualmente importante fue su traslado a Granada capital, a la calle Verónica de la Magdalena, inmueble donde hace poco descubrí que tuvo que hacer obras, cuyo expediente se conserva en el Archivo Municipal de Granada.

          Este periplo vital y su falta de orden parecían explicar la ausencia de más fotografías familiares, y el mal estado de conservación de muchas de ellas. Especialmente triste era ver el estado de las fotografías de su difunto esposo que murió en 1941 dejándola sola al cargo de dos hijos con apenas 31 años.

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          Pero la lectura de un artículo de Natalia Junquera publicado en el diario El País, y titulado «El mensaje oculto de las fotografías de las víctimas del franquismo» me hizo recapacitar. Pensar por ejemplo en porqué en su casa apenas había fotografías colgadas en las paredes o enmarcadas en los aparadores y mesas. Las palabras del inicio del artículo fueron reveladoras.

          Me dí cuenta de que los pocos retratos conservados de su esposo, estaban casi todos craquelados, con rotos y muchas arañazos.

          Creí comprender entonces que todo tenía una explicación; una forma pasiva de defenderse. Pero también una manera de no ofender. En el taller de costura con el que tuvo que costearse la vida tras la muerte de su esposo en La Zubia, no podía aparecer ninguna mención a su esposo, o su cuñado. El primero, mi abuelo, afiliado a la FAI, la Federación Anarquista Ibérica; el segundo destacado militante socialista en La Zubia donde era el jefe de la Casa del Pueblo cuando lo hicieron «desaparecer«. En esa casa en la que entraban muchas «señoras» a encargarle vestidos y a probarse ropa no podían aparecer imágenes de ellos. Era la morada de una mujer anciana, y sus dos hijas, dos viudas de «rojos». Podía perjudicar el negocio y tener consecuencias peores…

          Creí entender entonces, bastantes años después de su muerte, que la ausencia de retratos destacados, y que las fotos estropeadas podían ser no sólo fruto de su espíritu desordenado, sino además una forma de proteger a sus hijos, y a ellas mismas. Esta forma de defensa, mantenida durante toda la posguerra, unido a los traslados de domicilio debió provocar estos vacíos.

          Siempre me habia preguntado porqué apenas guardaba objetos relacionados con su esposo difunto. No había en su casa ningún rastro físico de él; y sin embargo no paraba de alabarlo. Qué buen mecánico era, lo bien que silvaba, lo que le hubieran gustado los coches de ahora, lo bien que escribía…  Razonaba yo, ingenuamente, que había construido una imagen «perfecta» tras una muerte en plena juventud. Y que trataba de preservarla así incólume.

          Cuando murió pude saber que guardaba como un tesoro las cartas que le escribió cuando eran novios. Nunca antes había oído hablar de ellas. Quería que se enterrasen con ella, como así se hizo. Mi padre, su único hijo superviviente, fue el encargado. Pero antes me las enseñó.

          Las cartas no contenían nada «peligroso». Sólo eran cartas de dos novios en los años veinte y treinta. Había sido cuidadosamente seleccionadas y en ninguna de ellas se menciona los ideales políticos que ambos compartían. Ninguna referencia a partidos, asociaciones, reuniones, ni terceras personas. Nada. Tras darme cuenta de este intencionado expurgo, he meditado mucho sobre el olvido, los silencios, y la forma de superar las tragedias. El dolor de las víctimas sin verdugo, y las pertenencias de sus muertos.

          En el caso de mi abuela Mercedes, apenas conservó algunas fotos, los pequeños libros que escribió y poco más. Ahora puedo imaginarla ocultándose en los silencios y la oscuridad de la noche, besando o tocando esas fotografías de su esposo desaparecido.
O buscando un sitio oculto para que nadie supiera de esas cartas, a pesar de estar depuradas por ella misma.

          Siempre la conocí contenta de vernos, alegre por saber de nosotros, emocionada cuando le preguntaba por su familia en mis primeras investigaciones genealógicas.
Feliz cosiendo y haciendo ropa para nosotros, sus nietos. Transmitía alegría y tenía una sonrisa perenne que acompañaban sus ojos azules que ahora gasta igual su hijo. Con el tiempo, y la ayuda de otros familiares supe de sus penas y sus dolores, nunca transmitidos a nosotros. Quería que disfrutáramos de un tiempo de luz, que a ella le llegaba tarde.

          Ahora estas imágenes me dejan otro contrapunto. La ausencia de un marido, el desgarro de la muerte de un hijo. Sabía de ellas, pero no de su sufrimiento oculto. La de una superviviente que no podía expresar su desgracia. Tuvo que ocultar su agonía en una posguerra de lutos y silencios escondiendo las cartas de su esposo y probablemente acariciando una y otra vez sus fotografías.

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