El «otro» hermano: el hermano muerto.

La clásica frase latina, fue usada como recordatorio de que la vida es efímera y que todo tiene su fin. A menudo aparece en lápidas e inscripciones en monasterios, iglesias y cementerios.

Una forma de combatir el olvido, fue el de las fotografías post-mortem, muy famosas en el siglo XIX. Divulgadas en la famosa películas «Los Otros» (The Others, en el original), y que sirvieron para recordar a los que se fueron.

No es éste el caso de esta fotografía (el niño estaba vivo cuando se tomó la imagen); pero sí que se parece mucho en su ambición, la de nunca olvidar a los familiares difuntos.

Durante años ví, en los álbumes de fotografías familiares la foto de este hermano de mi abuela materna. La fotografía, tomada hacia 1908 era de un muchacho de aproximadamente cuatro años, natural de Pitres.  No era ésta una época, en la que en La Alpujarra abundaran los fotógrafos, por lo que siempre llamó mi atención.

La Alpujarra, esa comarca montañosa al Sur de Granada, era en las primeras décadas del siglo XX una región aislada e incomunicada. Sólo había caminos de caballería para llegar y no sería hasta los años veinte cuando llegasen los ingenieros y las carreteras.

Basta recordar que las imágenes más antiguas de esta comarca (o al menos de las más antiguas) fueron tomadas en 1894 por el doctor Federico Olóriz en la famosa Expedición Antropológica a la Alpujarra. La expedición se hizo a «lomos de caballería», básicamemte con mulos y burros. Algunas de las reproducciones se perdieron al romperse el delicado vidrio en que se impresionaban las fotografías, y en otras todavía se aprecian las roturas.

De alguna manera intuía que esa enigmática instantánea del que hubiese sido mi tío-abuelo, no podía haberse tomado en Pitres, ni siquiera en la montañosa alpujarra.

Mi abuela nos aclaraba siempre que se trataba de su hermanito Miguel, muerto poco antes de cumplir cinco años, y que sufrió un grave accidente siendo niño. Según sus propias palabras, su abuelo lo estaba bañando, le forzó, y le «quebró la columna vertebral«. La lesión no fue mortal y sus padres buscaron la forma de sanar su dolencia aunque a la postre falleció muy joven.

Pronto descubrí que la imagen correspondía a un estudio fotográfico de Granada. Se debió tomar en alguno de los viajes que hicieron sus padres a la capital para intentar curarlo. De ahí esa extraña postura entre cojines y sujeto a la silla. Al parecer no se sostenía ya por sí solo.

Tanto mi abuela, como mis otros tíos abuelos hablaban de este hermano, con mucha devoción y fraternidad. Parecía que les movía un tierno afecto haca ese hermano muerto en plena infancia. Lo cual parecía normal, hasta que descubrí, buscando su cronología, que ellos nunca le llegaron a conocerle. La cuestión era ¿cómo podían hablar con tanto cariño de alguien a quien no conocieron nunca?

Los hijos de mi bisabuelo Simón (1861-1931) y de mi bisabuela Beatriz (1878-1942) fueron los siguientes:

  • Miguel (1904-1909), que era el primogénito, y el que aparece en esta foto,
  • Ricardo (1906-1987), que acabaría siendo el mayor,
  • Ana (1908-1911), igualmente fallecida en la infancia,
  • José (1911), que apenas vivió algunos días,
  • mi abuela Josefa (1912-2003),
  • Alberto (1915-2007?), y
  • Bienvenido (1923-2004), el benjamín que llegó cuando ya no se esperaba tener más hijos (parece que de ahí su nombre).

De este modo el único de sus hermanos que pudo haber tenido algún recuerdo fue Ricardo. Nacido en julio de 1906, podría haber recordado a su hermano muerto cuando él tenía apenas tres años. Es posible que tuviese alguna remota imagen en su memoria, pero la explicación era bien distinta.

La fotografía de Miguel presidió durante años el salón de la casa familiar, y siempre estuvo presente durante la infancia y primera juventud de sus hermanos.

En esta otra fotografía, de muchos años más tarde, posterior a 1931 (la bisabuela ya estaba de luto), se puede apreciar el salón, aunque no el retrato de Miguel. En la imagen posan en el centro Beatriz, y sus cuatro hijos supervivientes: Ricardo, Alberto y Josefa, de derecha a izquierda, y el menor Bienvenido en el regazo de su madre.

Mi abuela hablaba de un retrato de gran tamaño, que probablemente desaparecería durante los bombardeos que sufrió Pitres y la casa familiar en nuestra infausta Guerra Civil.  Este retrato, sin duda marcó sus infancias, que siempre tuvieron presente las historias familiares sobre este hermano al que nunca conocieron. 

Como ya he dicho Miguel fue el hijo primogénito, bautizado como su abuelo paterno, y heredero de la familia, pero las circunstancias fueron otras y sus padres siempre debieron recordar con mayor nitidez a este hijo.

Curiosamente sobre los otros dos hijos fallecidos igualmente en la infancia, Ana y José, apenas hay recuerdos y la información es más borrosa. La primera nació en Pitres, pero falleció en Albuñol, donde fue enterrada. El segundo, nacido y muerto en Albuñol, apenas sobrevivió cinco días a su nacimiento, por lo que es normal que su recuerdo se disipase entre las brumas de las memoria familiar.

Miguel logró sobrepasar esa neblina y su recuerdo nos ha alcanzado hasta hoy. Su fotografía nos lleva a otros tiempos en los que una pareja formada por un modesto guardia civil de Torvizcón, y una heredera de Pitres vieron truncar la vida de su primer hijo, al que debieron venerar por las circunstancias que rodearon su infancia.

Este hecho familiar me ha permitido reflexionar durante mucho tiempo sobre varios temas: el de la identidad mediante la fotografía, el del olvido, pero sobre todo el de la transmisión de la memoria, y el de la memoria prestada. Los temas en torno a los que siempre gira este blog.

Mi abuela, como sus hermanos, nunca conocieron a Miguel, pero siempre desarrollaron hacia él un cariño y una ternura «tomada» de sus padres. Una memoria heredada, que hoy en la tercera generación, recordamos gracias a la fotografía que nos fija el momento y su retrato, y al recuerdo de mi abuela y mis tíos abuelos.

A veces creemos tener recuerdos que no son nuestros sino que nos han legado nuestros padres. La memoria tiene unos mecanismos de transmisión muy curiosos y cada vez más estudiados. Se ha comprobado que la afectividad los modela, pero también ayuda a conservarlos y transferirlos. 

Por eso hoy quería recordar a mi tío abuelo Miguel, al que nunca conocí, y al que ninguna persona con las que he tratado conoció directamente. No obstante su presencia sigue vive, y espero que a través de este blog pueda transmitirse a mis sobrinas, mis primos (igualmente sus sobrinos-nietos), los primos de mi madre y sus hijos, etc. En fin, a todos los descendientes de la familia Puertas López.

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